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Costa Rica, Domingo 17 de febrero de 2008

/OPINIÓN

 

EDITORIAL

 

Angelismo y delincuencia

 El triste episodio del atunero Tiuna nos deja estupefactos y abre serias interrogantes que deben contestarse sin evasión

 ¿Se hace justicia cuando la aplicación de la ley se distancia del sentido común y del interés público?

El juez de Juicio de Puntarenas, Marvin Cerdas Montano, resolvió, el miércoles pasado, levantar las medidas cautelares a los 22 marineros aprehendidos, el 29 de enero pasado, mientras pescaban ilegalmente en la Isla del Coco. Estos son ciudadanos de Venezuela, México y Colombia. Uno de ellos es costarricense. Gracias a esta decisión, posiblemente hoy gozan de otros paisajes y de otros aires en su tierra natal o en otras partes, lejos de las fronteras jurisdiccionales de nuestro país. Luego, tras estas vacaciones en suelo tico, se dedicarán a su oficio delictivo, en nuestras aguas o en otras, con el barco, según se comprobó, cargado de explosivos.

En cuanto al atún decomisado, la Fiscalía Adjunta de Puntarenas canceló ya el remate en vista de la decisión judicial adoptada. La embarcación, por su parte, gozará de la misma gracia que el juez les otorgó a los marineros piratas. No queda claro todavía si los habitantes de este país tendremos que presentarle, a porfía, los correspondientes desagravios a la empresa dueña del atunero Tiuna y de otras embarcaciones similares. Mientras tanto, los costarricenses quedaremos, otra vez, con un palmo de narices, sin que logremos que alguien nos explique por qué. Por qué en este caso concreto y por qué con otros delincuentes peligrosos. ¿Será que la respuesta está contenida en la declaración de un delincuente extranjero publicada ayer, quien, expulsado del país, dijo que volvería pronto a repetir sus fechorías? Somos un país, según él, "de vacilón".

No lo somos. Nuestras credenciales políticas y democráticas superan las torpezas, la desidia y la corrupción de algunos. Sin embargo, ante hechos como el que comentamos, la confianza del pueblo se debilita y los delincuentes, por su lado, seguirán haciendo su agosto. Si nada pasa, la impunidad triunfa y con ella la inseguridad ciudadana. Nos preguntamos, por ello, cuál arcano jurídico vigente conspira contra el interés público si tanto versados como legos en Derecho coinciden en que bien puede armonizarse la ley con el sentido común. ¿Es, acaso, tan exigente la ley que un juez, contra el buen juicio, libere a 21 extranjeros y a un compatriota, a sabiendas de que, fresca aún la firma del documento respectivo, ya habrían transpuesto las fronteras del país, sin sujeción al deber de venir a firmar -¡oh inocencia!- cada 15 días? ¿Por qué? Es una pregunta que este funcionario o alguien en el Poder Judicial debe responder para ilustración general. La venda que recubre los ojos de la justicia, como signo de imparcialidad, no le impide pensar.

Las oportunas e indignadas declaraciones, el viernes pasado, del fiscal general, Francisco Dall´Anese, nos relevan de todo temor de excedernos en suspicacias. Con esta decisión, dice el citado funcionario, el parque nacional Isla del Coco, parte del Patrimonio Natural de la Humanidad, queda a disposición de los asaltantes y de los piratas. El mensaje jurisdiccional para otros países, así como para asaltantes y aventureros es claro: "el Estado no tiene capacidad de aplicar sus leyes e impide una acción condenatoria". A este capítulo bochornoso se agregan otros.

El porqué formulado anteriormente se extiende no solo al juez de Juicio de Puntarenas, sino también a otros funcionarios y jerarcas, encargados de la defensa y protección de los recursos naturales, y, en particular, de la Isla del Coco. La información sobre las andanzas pesqueras del atunero Tiuna la captó un funcionario del ICE, radioaficionado. Los aparatos oficiales, al parecer, no funcionaban. El Minae elaboró un informe, cuyo contenido aún se desconoce. Y si se actuó en esta oportunidad de inmediato, fue por la acuciosa y rápida labor informativa, en las cercanías de la Isla del Coco, de periodistas de La Nación y de Teletica . ¿Cuántas historias de depredaciones marinas habrán quedado más ocultas que el ansiado tesoro de la Isla del Coco?

De lo dicho surge una pregunta: ¿está vigilando el Estado costarricense con eficacia, prontitud y recursos suficientes la Isla del Coco y otros invaluables bienes naturales? Su respuesta cabal está condicionada a la realización de una investigación a fondo tanto en el campo jurisdiccional como en el administrativo sobre este deplorable episodio. Al menos, saquemos provecho de tanta pena, que abre una interrogante inmensa sobre la magnitud del saqueo de los recursos marinos en aguas nacionales y, por extensión, sobre nuestra responsabilidad en la defensa, en general, de los recursos naturales.

 

 



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